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✽ 16/4/09

☆ 6 comentarios

El

Nunca pensé que esto pudiera pasarme.

No era la primera vez que tenía que ir a ese hospital. De hecho habían sido muchas las ocasiones. Es uno de los dos que hay en esta ciudad y de vez en cuando hay que acudir forzosamente allí. Unas veces por inquietud, con más premura y otras con todo el tiempo del mundo, sólo por cortesía. Las menos, afortunadamente, como huésped.

Sin embargo, nunca antes había reparado en él.

Era único, llamativo, brillante... pero por el lugar que ocupaba, no destacaba sobre los demás. De hecho, en el fondo era de lo más corriente y seguramente por eso, no existía un especial motivo para que llamara la atención. Casi con total seguridad, llevaba años en el mismo sitio.

Pero ese día, quién sabe por qué, mis ojos se clavaron en su silueta. Allí estaba, con su halo santificador, bien pulido, resplandeciente, un poco orondo, pero sobre todo... misterioso. Allí estaba mirándome el descarado.

Fue por esa atracción por la que tuve que hacerme el despistado con mis compañeros de viaje. Así logré subir y bajar un par de veces en el ascensor sin parecer estar loco. Objetivo conseguido. Por fin estábamos a solas. Este era el momento deseado desde el principio.


Ahora ya podría rozarlo con las yemas de mis dedos; podría acariciar esa aparentemente fría piel y comprobar si él reaccionaba de alguna manera respondiendo a mis estímulos. Tras oir durante unos breves instantes mi acelerado pulso, al fin lo hice: delicadamente posé mi dedo índice sobre él y poco a poco fuí ejerciendo una suave presión.

Estaba convencido de que el deseo era mutuo... pero no fue así. Era como si yo no existiera. Sin desaliento, lo intenté de nuevo de manera más intensa, haciendo círculos, con el pulgar, otra vez más suave, con el meñique, con la mano entera. Finalmente, como no... con el corazón.

Todo en vano. Impertérrito continuó sin mostrar el más mínimo interés hacia mí. Aquel dedo corazón se tornó hacia arriba y mi curiosidad en enojo. Salí humillado de aquel triste habitáculo tan pronto pude.

De regreso a mi casa, no conseguía quitarme aquella patética experiencia de la cabeza y no cesaba de preguntarme: ¿"Por qué demonios nos atrae tanto lo prohibido?"

Dedicado a C.Hoyos de Mondando Manzanas.

6 comentarios:

MALINA dijo...

jajaja y que no perdamos nunca esa curiosidad! un abrazo!

Alejo dijo...

Si es que todo lo queremos tocar y ver qué pasa, jajaja.

c.hoyos dijo...

hola, acabo de entrar en tu blog después de meses...¡cómo ha cambiado todo! Muy bueno tu nuevo look. Gracias por la dedicatoria...espero ponerme al dia pronto...¡hay tanto que leer1 eres muy prolífico ¿sabes?

Oloman dijo...

¿Y tú eres quién dice que yo soy prolífico? Lo tuyo sí que es arte :D

So´ dijo...

Simplemente: Buenísimo es muy divertido leerte!

Miguel Emele dijo...

Muy buen relato. Me ha gustado mucho y me ha cautivado con interés hasta el final. Enhorabuena.

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